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Tras Las Inperfecciones de la Vida Imprimir Correo electrónico
Escrito por Juan Pablo Díaz   
Domingo 17 de Enero de 2010 00:00
En una de esas mañana soleadas de Mayo, mientras esperaba sentado en un escritorio en aquella oficina de un colegio del estado, en que ponía en práctica mis conocimientos teóricos de psicología, merodeaba en mi cabeza el recuerdo de una niña que una semana atrás, había llegado a consulta voluntariamente, manifestado ya no querer vivir con la mamá y el padrastro; podría haber sido un caso más de rebeldía, de los que comúnmente se suelen ver por esta época, ¡pero no! Había algo en su mirada, había algo que ocultaba en su tierna cara de inocencia con pequeños rastros de tristeza, era la primera vez que se hablaba con ella, así que no era normal que afloraran tan fácilmente sus palabras, sin embargo, luego de que ella salió de allá, junto con la compañera con quien trabajaba comentamos que había que descubrir lo que le atormentaba.

Así fue como esa mañana en que mis pensamientos ocupaban mi tiempo, me levante para ir directo al salón donde debía encontrar a esa niña, al preguntarla, me enteré que su madre, estaba en la coordinación y allí estaba ella; me imaginé que habría ocurrido algo, quizás le habrían llamado a la mamá para que respondiera por algún inconveniente que había tenido. Unos minutos después me encontraba con la profesora que estaba a cargo y le pregunté por ella. Me dijo que salían a reportar el problema a las autoridades, que la niña había confesado que era un caso de abuso sexual por parte de su padrastro. Yo les acompañaría, me dirigí al carro que nos llevaría, allí estaba ella, llorando sentada en la parte derecha del carro, al lado del puesto del conductor, totalmente perdida en su silla, apenas si fui capaz de mirarla y sus ojos cruzaron con los míos, una mirada afligida llena de llanto que mantuve en el recuerdo en silencio como intentando absorber un poco de su dolor. Me ubiqué en el puesto detrás de ella, y me senté callado, pensativo, estupefacto, atónito, pasmado, absorto en la situación tan agobiante... no la mía, la de esa niña que se consumía en las imperfecciones de esta dolorosa vida; sin embargo nada sería más espantoso que ver el dolor cuando tuvo que exponer el tema a las autoridades, cuando la mamá tendría que enfrentar su dolor, desgracia y sorpresa, y cuando lloraban juntas abrazadas soportando, la una en la otra, el shock de tan desolador suceso. Pero también lo fue para mí, en ese instante fui parte de su sufrimiento, me ardía el alma y en el estomago se me revolcaba una especie de odio por la especie humana, por la desagradable idea de que alguien pudiera atentar contra la inocencia de una niña y en la mente se me hacían nudos las ideas al pensar lo que podría estar sintiendo cada una de las víctimas de ese macabro escenario, mientras se me ahogaba el llanto en medio de las palabras que buscaba para consolarlas y permanecer lo más sensato posible, evitando que las partes perdieran el control.

La rabia, la tristeza, el dolor y todas las revueltas sensaciones del momento fueron tan solo comparados con un sentimiento que había hecho parte del día tan solo unos minutos antes, aportando su cuota de misterio a esa mañana soleada de Mayo.

Cuando apenas había entrado al carro a la salida del colegio, y permanecía sentado, esperábamos silenciosos la llegada de su madre que se retrasaba aun dentro de la institución en compañía de la profesora, afuera del carro esperaba en pie el coordinador del colegio. Allí ella y yo, sentados dentro del carro, estábamos, éramos simplemente parte muda de la escena, cuando de pronto, de nuestro lado del carro en las ventanas del otro carro, estaba un colibrí volando con sus tonos verdes y azules, batiendo velozmente sus alas en el aire, sabiendo lo que sabe hacer y se fue en dirección del puesto de ella que permanecía sollozando en su propio esfuerzo por evitar la tristeza del momento, vi como volteó la mirada, alertada por la presencia del colibrí que se le acercaba y lo vi suspenderse frente a ella, directo a su mirada, en aquellos ojos llenitos de lágrimas, quedando frente a frente en ese pequeño instante que me pareció curiosamente suspendido en el tiempo; al siguiente instante el colibrí se dirigió a mí, quedando frente a mis ojos a través de los cristales, fijamente ininterrumpido, constante, inmutable, con su diminuto cuerpo detenido entre el perdurable batir de sus alas; sentí algo extraño e inexplicable, como si quisiera decirme algo, darme una señal o hablarme, no sé si a mí, a ella o a los dos; porque solo ella y yo divisamos el hecho.

Fue un insólito contraste su aparición y belleza en medio de aquel momento de dolor que compartíamos unidos tan solo por esos bellos segundos de exposición divina ante nuestros mortales ojos incomprensibles, carentes de conciencia, pureza, dulzura y demás. Extasiados sin saber que ese relámpago de tiempo pudo ser un mensaje de algo que no supe describir, ese algo que podría ser o no ser, quizás una caricia al dolor de su inocencia marchita por la maldad, quizás un respiro infinito de sabiduría que vendría a decirnos que hay algo mas, quizás un reposo de ese mundo doloroso que absorbe tantas dolencias y deseó vernos descansar, o quizás tan solo el vuelo de una pájaro que vimos por casualidad. No lo supe, pero sé que algo significó ese infinito instante de aleteo que nos sacó del sufrimiento por un par de segundos, distrayendo nuestra mente con algo tan simple, sencillo, fugaz y perfecto como el aleteo de un pequeño colibrí, tras las imperfecciones de esta vida.


 

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